06 mayo 2009

En tiempo real.

No es que tuviese miedo de contagiarme y morir en la plenitud de mi vida, es más, lo confieso ahora, no tengo problema con caer fulminada en este instante. Pero no tenía razón alguna para salir.
Los cines, museos, plazas, bibliotecas, por decreto federal, todo cerrado. Aún así, salí un par de veces a la tienda, así que no cuenta;también fui al tianguis en plan de tameme, pero ahí tuve más miedo de las señoras que salvajemente arrastran sus carritos y carreolas destroza talones.
Todo sea por amor, salí de mi encierro de una semana.
La familia esperó a que me pusiera mi debido trapido azul sobre la boca antes de ingresar al metro. Después de un lligazo, la camioneta continuó su camino.
Para mi sorpresa la seño taquillera no tenía un teléfono pegado al oído, por el contrario, llevaba guantes,cubreboca y una blusa que ocultaba sus senos, hasta parecía gente decente.

Entro, bajo la escalera caminando a la vez que acomodo mi artículo super protector. En el andén son pocas personas las que esperan la llegada del carro, y son muy pocas las que cubren su rostro. Algunos me miran, incluso un sujeto que venía esperándome desde que entré a la estación.

Al fin llega ese gusano naranja con pocas personas dentro. Espero a que suenen las alarmas de la puera para subir, pues ese extraño personaje aún me busca.

Una vez dentro, veo que pocas personas portan su cubrebocas correctamente, pero lo llevan cual amuleto: un padre lo tiene acomodado como sombrerito, mientras la esposa e hijo no llevan nada; dos mujeres lo portan, una de ellas lo guarda entre su escote...no creo que ahí le sirva de protección; a lo lejos un anciano quien lo usa sólo para toser;el chico me sigue buscando con la mirada, y sólo atino a distraerme con otras cosas. ¡Miren, hay una universidad que ofrece el mejor futuro para mi con 16 licenciaturas!

Pude ver a ese sujeto desde que entré, hasta ahora, él ha sido la único que ha visto mi sonrisa. Tal vez por eso aún me sigue con la mirada. Lo siento, ha caido víctima de mi mejor atributo, no obstante, me inquieta. Esperaré a transbordar y saber si aún me sigue.

Llego a la estación, salgo apresasurada entre la gente que empuja para entrar. Gente, gente, y más personas enmascaradas, pero ya no lo veo. Parece que ya lo perdí.

Subo apresuradamente las escaleras para ir a la otra línea, y descubro que necesito hacer más ejercicio y que el trapito azul no deja respirar bien. El tren está por llegar, corro un poco más, lo alcanzo y consigo un asiento.
Es momento de sacar el libro y aislarme del mundo. Aquí hay unos cuantos enmascarados. Pocos se atreven a mirar a su alrededor. ¿Será que se han contagiado de miedo?

El cubrebocas funciona, uno está aislado de todos los demás. Unos niños se se sientan junto a mi, pero mi estado de aislamiento impide a los padres ver mi mueca de disgusto. Los niños se levantan, brincan de asiento a asiento, casi me pegan, vienen muy inquietos. Uno de ellos, el más pequeño, quiere quitarse su cubrebocas, pero no lo dejan, hace berrinche. Siguen brincoteando mientras los padres ocasionalmente intentan mostrar autoridad.

El tren frena abruptamente, y uno de los niños rebota bien bonito de asiento a asiento y comienza a llorar. No puedo evitar reír. El cubrebocas me protege.

Sidurti, Sí cumple.

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